Goteras cerebrales

Relato y Foto: Palabras Dislocadas

Las 4 de la madrugada y llueve a cántaros. El comedor de mi casa está mojado; una gota detrás de otra cae del techo al suelo. Agua de invierno, helada que viene por las noches, cuando menos me lo espero. Al bajar la guardia me recuerda, segundo a segundo, que un gusano habita mis entrañas. Una gota, dos gotas, tres, cuatro… y así sucesivamente. No puedo dejar de oir el chasquido contra los muebles. La humedad me visita a menudo, más de noche que de día y veo como, sin poder evitarlo, las uñas de los pies se llenan de moho. Un olor a fiambre asoma por debajo de mi cama, me agarra de nuevo las muñecas y obtura mi garganta con un intento lascivo de una pateticidad digna de enmarcar. Hay goteras en mi alcoba y perdí el cubo para poder apoyarme en el suelo sin que se me hielen las rodillas. Arrugo unas hojas con cualquier mierda decoradas y muerdo mis uñas. Una gota, dos gotas, tres, cuatro… me penetran el cráneo. Estoy poco menos que muerta. No soy un zombi zambullido en las goteras de un recuerdo, no soy víctima, no soy…: disparatadas salen de mi cabeza mientras intento coger fuerzas para apuñalar a los muertos que alquilan la parte baja de mi cama. Media hora más tarde vuelvo a respirar.

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