El surrealismo de la autoridad

 

Vivo en una localidad minúscula de un país marcado militarmente a golpe de autonomías. Me siento con fortuna de poder vivir aquí, en un lugar que aparece en los mapas en forma de punto sombreado. En pleno encierro forzoso es un lujo poder vivir en un piso lleno de luz, con naturaleza y con balcón, aunque apenas esté amueblado. Hace más de 50 días que a lxs ciudadanxs se nos ha prohibido bajar a la calle a no ser que sea por causa mayor, es decir para ir al médico, acompañar o cuidar a una persona dependiente, comprar productos farmacéuticos o alimenticios, trabajar o ir al estanco. En las noticias sólo se habla de un virus y de las medidas políticas que se van a establecer temporalmente a causa de él. Ya veremos cuál de éstas se queda como las manchas de crema para el sol en una camisa; un día decides que la tienes que tirar porque sabes que las manchas no se van a ir. Me parecen medidas que llaman a un ambiente de apocalipsis y convierten la realidad en un estado autoritario y no en un estado de salud.

En el mismo momento que el mundo que creíamos democrático se va desvaneciendo estoy sentadx  tomando café con agua añadida en el balcón de un tercer piso que no sé si podré continuar pagando. Ya no queda rastro del barniz con el que decoré la silla; se va descorchando poco a poco la madera y, depende cómo me siento, me clavo alguna espina. Justo delante, en un aparcamiento improvisado, están depositados los coches en batería de hace días, intercalados por árboles que tienen en su figura la despedida del invierno. Mi vecina vive sola. Recuerdo que me comentó que se acababa de comprar un coche; es el azul con arañazos en los laterales que le hacen más viejo. 

 

   Me encanta disfrutar de la brisa aún húmeda de las primeras horas de la mañana. La montaña, hasta el día del confinamiento convertida en un parque de atracciones,  nos saluda cada mañana y se despide junto al Sol. Tiene un tono violáceo a las 7 de la mañana. Las grandes empresas han visto sus millones en el monumento católico que descansa en la cima. Acomoda cada año a millones de turistas dispuestos a inmortalizar un momento en una fotografía, apoderándose del lugar. Nadie dice que ese monumento de antiguas celdas de convento guardan centenares de abusos sexuales a criaturas. Supongo que dejaría de dar rédito económico si los católicos y culturetas de todas partes del mundo supieran de su pasado. Una mancha en el expediente.  Nadie quiere saber, pero la montaña grita los cadáveres que allí permanecen a menos de un kilómetro de nosotros.

 

Me reconforta el aire matutino que me acaricia, ese que me pone la piel de gallina y hace una comunicación contradictoria con el café recién servido. Se cuela entre los cuatro edificios que se miran a la cara de este pueblo construido a finales del s XIX en forma de colonia textil. Estuvo en actividad fabril hasta hace unos 40 años. El centro del pueblo está decorado por una plaza donde jugaban los niños de antaño. Sus espíritus se mezclan con los cuerpos de ahora.  Todavía se conserva la antigua fábrica, convertida en oficinas, y puedo oler cómo el pueblo gira alrededor de su memoria, con antiguos trabajadores aún vivos. La brisa recorre las tejas carnosas, las ventanas, algunas azules, y las puertas de hierro en un acto de omnipotencia. Todo al mismo tiempo, abriendo paso a un día exactamente igual que el anterior, en un bucle dañino y estúpido de control. Ondea la bandera central de la plaza central de un pueblo construido única y exclusivamente para la producción a gran escala de inicio de la revolución industrial. En condiciones normales este rincón histórico y diminuto está adornado por risas, criaturas con bicicletes y perros persiguiendo a los gatos que duermen dentro de los coches aparcados en batería. Las personas más concienciadas en épocas de frío vigilan y se aseguran que no estén en las ruedas o en el motor, rascan la escarcha de los vidrios, y se van a produir; luego regresan a casa a descansar de este ritmo de infarto que es nuestra vida, la vida de todxs. 

El mundo parece que ha quedado paralizado en una canción glaciar, pero los gatos siguen jugando, chistosos, bajo mi casa. Los primeros movimientos de hojas de la mañana llaman la atención de un gato negro y blanco. Debió nacer hace medio año y me mira cínico, sabiendo que no tengo su agudeza para ver lo que los árboles encierran. Estaba descansando bajo el coche azul de mi vecina. Su cola, peluda y gordota, ladea y ladea. Parece que ese movimiento le ayuda a concentrarse. Dibuja en su joven pelaje unas rayas en el pecho, mostrando algo parecido a un tablero de ajedrez. Los gatos callejeros saben a qué están jugando. Estratega, observa el árbol que ha movido la copa casi sin querer. Con las patas como a punto de salir despegado se da un impulso digno de primera medalla de los Juegos Olímpicos y sube a sus ramas. Araña primero la bifurcación del tronco con las ramas e incorpora las patas de atrás para acomodarse en la copa. Parece que no ve nada significante y, lejos de caer en la frustración, aprovecha para tumbarse en el mismo epicentro de un árbol que seguro vio a las criaturas de padres fabriles jugar en la plaza. Con su mentón blanco, puesto como un pegote despistado, huele a su alrededor. No sabe cuánto tiempo ha pasado, pero le es indiferente. Baja hacia el suelo en dos saltos y rasca la tierra que duerme bajo el árbol centenario. Sin querer se me cae la taza de cafè y retumba un pequeño “cling”. Por suerte ya me lo había casi tomado. El gato de medio año me mira como quien no quiere la cosa y sigue rascando. Rasca con la punta de su pata blanca tres o cuatro veces más la tierra. Me devuelve una media sonrisa y sale de él una mierda gigantesca que entierra con prisas. No sabía que podía ser tan grande. No ha abandonado su postura fecal y aprieta los ojos, asomando por su ano la cabeza de cada unx de lxs políticxs que están en el poder y han hecho de nuestra cotidianidad una carnicería autoritaria; puedo ver un estofado de dedos índices alzados como en norma, marcando la diferencia a base de prohibiciones y reconfiguraciones del espacio público y privado que resultan más para unxs que para otrxs. Esa mirada de mezcla de autoridad y seguridad se clava en el balcón donde me tomo el café y me apunta hasta quitarme las ganas de respirar. Con  tiempo acompasado va resbalando por las narices de rasgos dictatoriales el resto de mierda que había quedado atascada, tímida, en el recto del gato. Se callan la boca y esconden los dedos.

Los gatos callejeros saben jugar.

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